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jueves, 11 de abril de 2013

Confesiones de invierno (14) 1979: la Historieta nos permitía evadirnos de la dura realidad




TODO TIEMPO PASADO FUE.

NOSTALGIAS DEL TIEMPO PERDIDO

            EN 1979 LA AMISTAD LLENABA NUESTRAS VIDAS

"(...) Mientras Mark seguía bajando mutantes a puro tiro, Nippur dejándonos lecciones de nobleza y misericordia para los desprotegidos y mano dura para los tiranos, afuera…afuera, como una desgracia inmensa la realidad desgarraba las vidas de otros jóvenes, de tal vez sólo unos pocos años más que los nuestros, pero muchísimo más comprometidos con la sociedad que los rodeaba y seguramente asfixiaba"

LA HISTORIETA COMO VEHÍCULO DE IDEAS Y COMO FORMA DE EVASIÓN.

Buenos Aires, mediados del año 1979. Estamos en la vieja casa chorizo, en Lanús Este, ya es tarde, de noche y seguimos allí. Tal vez para acompañar el rato y pasar el frío tomando un té (porque era fácil de hacerlo) o unos mates junto a mis amigos tan adolescentes como yo: Daniel, Ricardo y Horacio. Ninguno con novia aún por entonces, pasábamos seguramente la tarde jugando al futbol en la calle y viendo alguna película después, cualquier cosa. Ya el secundario había terminado, ninguno tenía trabajo todavía y faltaba un año para ser llamado a cumplir con el servicio militar obligatorio. Lo que se dice, un año en el medio, un año “sándwiche”, un año… ¿perdido?

Teníamos 18 años y mientras afuera de ese refugio compartido de amistad el país se desangraba por una dictadura feroz, nosotros “amistábamos” (neologismo creado por Daniel). Pasábamos horas escuchando música, charlando mucho, proyectando sueños, esas cosas. Especulando. También andaba mi hermano por ahí, que iba y venía y se iba, aunque a veces compartíamos reuniones, él tenía sus propios amigos. Cada uno tenía lo suyo, Horacio nos pasaba notas y nos enseñaba acordes y explicaba cosas que sólo él sabía sobre electrónica, misterios, ovnis, y cosas del mundo. Daniel - cebador eterno de mate-, llenaba cuadernos propios y ajenos con cuentos, ideas, poesías y –más adelante- con cenizas, ya que era el único del grupo que fumaba. A veces y en los años sucesivos se nos sumaban dos amigos más, fumadores empedernidos también: Adrián y Aldo, dos tipazos. Donde ellos estaban siempre había guitarras criollas, anécdotas sobre mujeres, mates, cervezas, palitos salados, maníes, ping-pong y risas. Ricardo compartía todo conmigo desde niños, nos conocíamos mucho: el barrio, los mismos colegios y hasta un amigo común, Sergio, que se murió de pibe a los 15 de leucemia y nosotros nos morimos un poco con él para siempre, aunque en apariencia seguíamos vivos. Con Ricardo nos enfrentábamos desde los 9 años de edad en intrincados partidos de futbol de mesa, hecho con botones y más adelante con jugadores de plástico obtenidos en golosinas. Armábamos fixtures completos. Nadie quería perder. Con Ricky siempre las charlas derivaban de la ciencia ficción a lo escatológico, y nos hacía reír a todos siempre. Compartíamos las lecturas posibles, libros y cientos de páginas de historietas y las comentábamos, las seguíamos y nos decíamos las preferencias. El rock llenaba nuestras cabezas pero en materia de historieta, los preferidos eran las revistas humorísticas y las serias como Turay, la Skorpio y el D´artagnan, junto  a sus creativos máximos. Lucho Olivera, Robin Wood, Villagrán, Oesterheld,Dalfiume y Lito Fernández o tal vez Vogt; ellos se llevaban nuestros aplausos. Nos la pasábamos evadiendo la realidad. Nos la pasábamos...¿Perdiendo el tiempo? 

Leíamos admirados las aventuras del sumerio errante y disfrutábamos con el terror de Lalia o de Breccia, siempre mejores guionados por Oesterheld. Yo tenía el teléfono y la dirección, y nunca lo llamé, pero estuve a punto de hacerlo. Cierta vez de muy niño, aburrido o simplemente curioso, busqué nombres de autores de historieta, guionistas o dibujantes en la guia telefónica, y es por eso que tenía su teléfono anotado.Ni imaginábamos que si hubiera llamado no me habría atendido Héctor G., ni nadie, y ni siquiera sabíamos que estaba desaparecido ya que sus guiones seguían apareciendo publicados y continuarían haciéndolo por mucho tiempo más.
A veces nos llegaban noticias de "afuera" pero la usina creativa que era ese hogar no paraba. Mi gran amigo Horacio (ver foto) pasaba horas tocando la guitarra, compartiendo la amistad entre revistas de historietas, cortometrajes de animación en Súper 8 hechos a pulmón y hablábamos de todo, pero no hablábamos nunca de “política”. Todo lo era, político, pero nos referíamos con esa palabra,así, las pocas veces que recordábamos distintas pero iguales prohibiciones que en cada casa de cada uno habíamos recibido. No se puede hablar en la calle, tené cuidado, no digas nada… ese tipo de advertencias. ¿Decir qué, si no sabíamos nada de nada, ni siquiera dónde estábamos parados? 
Mientras tanto, mientras Mark seguía bajando mutantes a puro tiro, Nippur dejándonos lecciones de nobleza y misericordia para los desprotegidos y mano dura para los tiranos, afuera…afuera, como una desgracia inmensa la realidad desgarraba las vidas de  otros jóvenes, de tal vez sólo unos pocos años más que los nuestros, pero muchísimo más comprometidos con la sociedad que los rodeaba y –seguramente asfixiaba-, jóvenes que no tendrían jamás la posibilidad de crecer y desarrollarse porque una tiranía sangrienta los acorralaría en su propio país, en su propia Patria. En las escuelas nos hablaban de la Patria mientras en cuarteles se torturaba al que pensaba distinto. Íbamos a la iglesia y nos hablaban de que el Amor y de que el otro era un hermano, pero más tarde nos enteraríamos de las complicidades jerárquicas eclesiásticas, de cómo incluso se les daba la comunión en centros clandestinos de detención a algunos de esos jóvenes, y se les desgarraban las carnes con torturas fatales y se los arrojaba desde aviones o helicópteros al río o al mar, intentando desaparecer los cuerpos, que no su memoria. Y nosotros, que también éramos jóvenes salíamos de tanto en tanto a un boliche bailable y no nos gustaba bailar. Pero era para conocer alguna chica distinta a las hermanas de nuestros amigos que gustaban ellas como nosotros, de aventuras dibujadas e impresas en historietas nacionales.
Yo dibujaba mucho por entonces y leíamos juntos, compartiendo. Un día apareció un aviso, enseñaban clases los dibujantes. Rápidamente lo decidimos: Horacio y yo nos anotamos para hacerlo. El entonces presidente de la A.D.A. (Asociación de dibujantes de la Argentina), Leandro Sesarego estaba al frente del mismo, y eso era toda una garantía. Y prometían la presencia de Lucho Olivera, lo que era para mí como lo sería poder dialogar con Miguel Ángel, para un artista plástico.
De ese curso ya hablé antes en este blog y lo seguiré haciendo porque hay aún cosas para contar. La seguimos… 
¿O será otra vez un tiempo perdido?

Felipe R. Ávila

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