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martes, 17 de julio de 2012

Confesiones de Invierno (11): Lucho Olivera contando su admiración por Alcatena


(Imagen adjunta: ilustración de Quique Alcatena)

Recordando a Lucho Olivera (1):

Hay que reconocer que Lucho Olivera tenía razón en sentir admiración por Quique Alcatena, porque es un grande de verdad.
En los últimos dos años de su vida, era común que Lucho me llamara diariamente y charlábamos de todo un poco, como se charlaba con Lucho (si uno lo conoció sabe que era así: su cerebro podía enunciar una línea de discurso pero a la vez seguía con otra en otra dirección y más tarde la retomaba cuando uno ya estaba sólo en la primera). Lucho hablaba siempre con sumo conocimiento de cada cosa que trataba y no era el argentino medio que habla por hablar. Todo lo contrario. El te hablaba tanto de la ciencia y su frontera, como de los mitos y la cultura universal pasando por el descubrimiento de algo, las mejoras en el dibujo que yo tenía (y tengo) que hacer y el destino de la humanidad. A veces me decía:
"No crea, Felipe, que somos tan distintos usted y yo, políticamente hablando, porque a mi también me subleva tanta injusticia que existe en el mundo, yo quisiera realmente que el mundo fuera distinto."
O aquella otra frase:
"Es una barbaridad lo que han hecho estos yankis en Bagdag. Entraron al museo y lo han saqueado. ¿Sabe lo que es eso? Se han llevado de todo"
Yo: Entonces eso se perdió...
Lucho: Noooooo, qué se va a perder.
Eso se lo llevaron, las tablillas de Gilgamesh, los tesoros, todo eso alguien lo tiene".

Para el que crea que Lucho Olivera era sólo un dibujante genial se va a estar quedando sin la otra parte: era un tipo pensante, con una capacidad de asombro intacta y de admiración para los colegas que, en algunas ocasiones, no lo trataron como él se merecía. Este no es el caso de Alcatena, que le dijo en vida de su admiración.  
Un día me dice Lucho:  
"Usted Felipe, me dice "Maestro"...¿sabe quién siempre me dice así y me da un poco de verguenza?: Alcatena. Él dice que yo soy su maestro. ¿Puede creerlo? 

Y yo le decía que sí ¡¡¡que sí!!! 
Alcatena es un joven maestro y se ve su originalidad y tratamiento de la imagen más el cuidado de la línea y las texturas y la documentación...eso lo muestra como un dignísimo seguidor de Olivera, pero despegando de Lucho, tal vez con mucha más conciencia de su rol de dibujante, de la llegada al lector, de la marca que está dejando en nuestra historia de la historieta. Lucho decía de Alcatena:  
"Felipe, hay varios dibujantes actuales que me encantan, que son muy buenos". Y me enumeraba algunos, como Carlos Gómez
"Lo que está haciendo este muchacho Gómez en Dago, es extraordinario.¿Lo vio usted?" 
Y seguía contándome sus gustos en historieta:
"Fíjese en Alcatena, él es muy bueno, Alcatena es un grande y acá no se lo ha valorizado aún lo suficiente. Es muy bueno".
Sí, maestro Lucho Olivera. Quique es muy bueno. Extraordinariamente bueno.
Un caso más donde el discípulo ha elevado la apuesta gráfica del maestro original.


Felipe R. Avila

De la serie del blog: "Confesiones de Invierno" (N° 11).
Dibujos de Alcatena: de su blog http://quiquealcatena.blogspot.com.ar/
y del sitio web de Ariel Aviléz (Blancas Murallas)
http://blancasmurallas.com.ar/.Reproducidos con su autorización.

jueves, 8 de diciembre de 2011

El día que Robin Wood salvó mi vida


El día que Robin Wood salvó mi vida.

Fue hace mucho tiempo que ocurrió, pero este texto que van a leer Robin lo conoció recién hace unos pocos años y por un correo electrónico que le envié.
Su esposa y secretaria Graciela Sténico en su momento me envió un mail que decía "Robin lo leyó y se rió mucho". Espero que a ustedes también les agrade. Aquí va:


El año 1980 fue bastante malo. Para empezar, el 24 de marzo, al cumplirse cuatro años de la dictadura en el poder, justo ese día, me tuve que presentar en el distrito Militar de La Plata, bien tempranito, con la cabeza rapada a lo “colimba”. Ese día, frío y de una mañana que parecía interminable, entré a formar parte del Ejército Argentino, llamado al servicio de Conscripción Obligatoria. No sabía en ese momento dónde me tocarían pasar los próximos catorce meses de mi vida. Sabía eso si, que tenía que obedecer, que tenía que decir que no sabía nada de nada de nada y que aunque me parecieran ridículas, tenía que acostumbrarme a obedecer las órdenes que me dieran. El otro día volví a ver la foto que me tomaron al ingresar y parezco un preso, una resaca de la sociedad. ¿Qué habría pasado si no sobrevivía a esos meses de encierro y estupidez? Tal vez se tendría hoy por esa cara a la mía, a ese corte de pelo, a ese gesto entre sufrido, enojado, temeroso y asqueado a la vez, ¡Otra que la Gioconda de Leonardo, con su multiplicidad de lecturas acerca de la sonrisa!
La cosa es que uno se acostumbra a casi todo y mi entrenamiento militar- a los tumbos, le diré- se fue dando. Cercano el año nuevo, fui elegido para tener una ocupación sencilla pero eficiente: “naftero”, es decir, el tipo que debía cargar los tanques de combustible de los camiones, Unimogs, etc., del lugar. La tarea era esta: estabas un día entero y después te ibas a casa de franco. Volvías al otro día y así. Tenía que turnarme con otro soldado, al que solamente veía ya cambiado para que lo reemplazara, cuando yo retornaba al cuartel. Y así. ¿Cómo era la mecánica del trabajo? Fácil: venía un oficial con un automotor, que podía ser el suyo propio, el particular, no necesariamente un camión verde oliva, y me daba un ticket impreso. Yo le cargaba los litros de combustible y anotaba la cantidad. Es decir: me pagaba con el papelito y se iba. Recuerdo que venía hasta el capellán del Comando, con un autito chiquito, que parecía suspirar de alivio cada vez que el sacerdote salía de él. Para pasar la noche, teníamos en un cuartucho muy pequeño dos camitas individuales, una para “el naftero” en cuestión (o sea, yo), y otra para que durmiera el soldado que tenía a su cargo el “parque automotor”, es decir, el tipo que hacía las veces de un vigía nocturno, para que nadie entrara y se llevara nada de ahí. No recuerdo exactamente ahora los meses, pero creo que por un par de ellos todo anduvo bien. Llegaba, entraba, esperaba los autos, les daba la nafta, a la noche me dormía. Si alguno venía de madrugada (y algunos lo hacían) me levantaba, les daba el combustible, anotaba cuanto daba, y archivaba el papelito. Una noche muy tranquila, dormí como nunca porque nadie vino a despertarme. A la mañana “el parquero” no estaba, pero estaría por ahí, tal vez en la cocina buscando algo para desayunar o quién sabe dónde. Nosotros no teníamos mucho diálogo, y eran muchas las noches que no venía el tipo a dormir; se quedaría en un camión, no lo se. Mi reemplazante se estaba demorando. Así que me cambié, guardé la ropa de verde (de fajina) y me vestí con la de salida, birrete marrón incluido. Pensaba (soñaba despierto, más bien) en lo que haría las próximas horas: ver a la familia, a los amigos, tocar la guitarra, comer bien... Dibujar tal vez algo, pero en las horas de “trabajo” tenía tiempo suficiente para hacerlo. No, dibujar no. Mejor…en eso los vi llegar. Un auto se detuvo bruscamente, al mejor estilo Starsky & Hutch cuando perseguían a alguien del submundo. Bajó el jefe de la guardia, un soldado con una carpetita, y otro más, el que yo esperaba para reemplazarme.¿Usted es el soldado naftero? me preguntó el jefe de Guardia, tontamente, porque ¿quién otro podía ser, a esa hora de la mañana de pie junto al surtidor de combustible? Ahí empezó el calvario. Parece ser - luego me anoticiaron - que el dichoso parquero la noche anterior no tuvo mejor idea que salir, en la tranquilidad de la madrugada del cuartel, a pasear por la zona. Lo hizo no de a pie, escapando del cuartel, sino manejando un camión o alguno de los automotores del lugar. Claro, ¿qué le hace al ejército que un soldado salga unas horitas a pasear con un camioncito por la zona, eh? Bueno, sí, estábamos en pleno gobierno militar, todavía uno no sabía nada de las torturas, detenciones, desapariciones, etc. Solamente nos asustaban con el tema de la guerrilla, que estuviéramos con los ojos abiertos, atentos para que nadie intentara tomar el cuartel. Era una época pesada. Y el idiota más que idiota recontra-idiota del “parquero”, no tuvo PEOR idea que robarse, que digo, tomar prestado un camión por unas horas y salir a pasear sin permisos, claro. Y como era de la zona se encuentra con un amigo, lo lleva a pasear y… ¡¡¡termina entrándolo al cuartel!!! Claro, había que devolver el camión, habrá … ¿pensado?...
En fin, que el Jefe de Guardia, enterado, lo detuvo, se armó un bolonki de aquellos y enseguida pensaron que alguien le tenía que haber puesto combustible a ese camión. Yo entretanto, había dormido como nunca: nadie me había despertado esa noche para que trabajara. El caso es que el camión ya tenía combustible; el parquero - teniendo todos los automotores a su disposición - hizo la más fácil: se metió en uno que estaba cargado con combustible y lo sacó. ¿Para qué me iba a despertar para cargarle nafta y así tener que tenerme al tanto del ilícito que tenía en mente? Eso expliqué y traté de entender de lo sucedido, y de hacerles entender en las cientos de declaraciones que tuve que hacer, porque para aquellos militares, la palabra parecía no bastar ni explicar nada. Fui a parar incomunicado hasta tanto se explicara mi participación o no en el delito, y para tenerme cerca para tomarme las declaraciones, esas que les cuento. Me metieron en una celda de castigo que estaba ubicada en la guardia, es decir en una de las entradas, la que contaba con una barrera de madera. En esa mini habitación no se podía estar acostado a todo lo largo. Las dimensiones no superaban el metro y medio, a lo sumo. En mi recuerdo estoy casi siempre en el piso, sentado o recostado contra una pared, sin los cordones de los zapatos, con los borceguíes desabrochados porque te sacaban los cordones para evitar que te mataras. Como si no hubiera muchas más formas de suicidarse, si uno lo intentara. Sin embargo, en aquella situación, yo no sabía cuanto tiempo estaría ahí, ni qué “veredicto” darían sobre mi actividad. Además estaba la angustia: pensaba todo el tiempo en mi familia, que creían que yo iba a ir a verlos y yo ahí, tirado en el piso, sin cordones, con la sensación de injusticia que se convertía en algo pesado en mi estómago, ácido, y se me estrujaba el pecho. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Me preguntaba todo el tiempo. Y encima el tiempo pasaba de otro modo, distinto: como no queriendo irse. Muy lento. Desde afuera, el segundo día, escuchaba las voces de los soldados que estaban de guardia, compañeros y alguno también amigo de ese tiempo. Los imaginaba como estaban: sentados contra la pared que daba a mi celda, en un banco rústico y sin respaldo, largo y despintado. Todos con los cascos en cada cabeza, porque ese puesto era así, tenían que estar listos para salir corriendo si pasaba algo. Y con todo pesando en el cuerpo: dos cargadores, el sable bayoneta, y el fusil al costado. A pesar de todo era el mejor puesto de guardia: estabas sentado, tenías compañía. Era muy feo en cambio, el puesto más largo, ese donde tenías que caminar todo el turno por un camino, solo. Un camino que se metía en la oscuridad de la noche, puro campo se abría delante de los ojos. Solamente veías de lejos una lucesita cada tanto: eran Las Cuadras, donde algunos dormían. Un soldado encendió la radio: jugaba Argentina contra Brasil. Les pegué el grito: ¡ché, suban! ¡Negro, subí un cacho que acá no se escucha!. Para peor Argentina no embocaba una.
Cada tanto sentía pasar algunas personas (que no podía identificar) por la puerta, donde una pequeña abertura que hacía las veces de ventana me conectaba con el oxígeno exterior. En eso sucedió: por debajo de la puerta “alguien” me deslizó algo. No era la comida, eso ya había pasado, no a esa hora. No. Era algo extraordinario para aquél momento: una revista de historietas. Un ejemplar de “Intervalo”. Qué alguien alguna vez me explique por qué en vez de una revista con fotos de mujeres con poca ropa, o de historietas para tipos (como eran El Tony, D’artagnan o la misma Skorpio), por qué había ahí una revista “para público femenino”. Lo cierto es que tenía en mis manos una revista Intervalo. Se asomó un “casi” soldado: era el “testigo de Jehová” y me dijo algo así como que me traía otra más tarde cuando la terminara. Los “testigos” eran tipos que permanecían desde hacía varios años atrás en ese puesto de guardia, cebando mate a cada nuevo grupo que se instalaba cada día allí, los 365 días del año. Y seguirían luego de nuestra “baja”.El caso de esta gente fervorosamente aferrada a sus creencias es particular: en esa época de terror del país, ellos permanecían presos en cada cuartel por no querer jurar la bandera nacional ni dar obediencia a nada terreno. Una locura, visto a la distancia, con los tipos que manejaban aquel gobierno. Y sin embargo, los testigos estaban vivos, encerrados por años, sí, pero vivos, conviviendo vestidos de verde militar pero sin insignias ni nada que remitiera al ejército. Usando la camisa verde sin abrochar y los pantalones por sobre los borceguíes, que a la distancia se veían como zapatos comunes. Una situación surrealista: en un país militarizado, un grupito de fanáticos religiosos que se negaban a honrar esos valores altos por los que el gobierno era capaz de desaparecer a los opositores.
Cuando ya la desolación me ganaba, una mano casi anónima me había alcanzado una revista de historietas…que yo detestaba.
Pero algo me salvó, y ese fue Robin Wood. Porque en Intervalo estaba “Mi novia y yo”. Leerla fue una diversión. No se si ese capítulo ya lo conocía, lo que se es que desde la banca donde estaban los
Enlacedemás soldados de guardia, pared de por medio, empezaron a escuchar mi risa, al principio apagada, para no hacerme notar y luego suelta. Risueña situación: las desventuras de Tino y su perro Tom, la “popotona”, La Editorial Palomita, etc., etc. El mismo Vogt, auto retratado. La risa fue una explosión liberadora, la historieta un bálsamo, en medio de una situación de creciente desasosiego e injusticia. Fue un día que ocurrió. Ése, ese día en que Robin Wood salvó mi vida.

Felipe R. Ávila.

Serie de este blog:"Confesiones de Invierno", entrega número 10.
Próxima nota (11/12/11): La revista "Atelier de los dibujantes", una breve reseña sobre esta más que interesante publicación de la década del cincuenta, a la que accedimos en su mayoría de números gracias a la gentileza del señor Julio Lagos.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Seis años se cumplieron el 11-11-11 sin Lucho Olivera


"Confesiones de Invierno" Nº 09

Lucho Olivera, padre de héroes inmortales.

Nunca imaginé en aquellas felices horas de mi niñez leyendo el D´Artagnan que traía el Nippur dibujado por Lucho Olivera que un día yo sería uno de los portadores de su féretro, ni imaginé tampoco que otra de las manijas del cajón mortuorio sería llevada por un acongojado amigo y coterráneo del maestro, un ilustrador e historietista único, me refiero a Ricardo Villagrán. Lucho, su gran amigo, había muerto. Tanta tristeza nos dejaba su ausencia como algo de paz, porque Lucho había dejado de sufrir y esa larga agonía había terminado. Nacían los recuerdos ante la ausencia inevitable, y se comenzaba a vislumbrar,ya ahí, su estatura de Gran Artista argentino de proyección internacional. Algo que Olivera siempre fue, pero que muchas veces no se resaltó en vida.
Ese día, el del sepelio, ya lo había escuchado de labios de conocidos, familiares y amigas del gran artista. Martha, la hermana indómita y leal de Olivera lo había expresado tiempo atrás –y en una entrevista exclusiva a Rebrote- pero ahora la frase caía otra vez, contundente, hermosa y desafiante: “Nippur de Lagash fue creado por Lucho, por el sólo, allá en Corrientes”



Ricardo Luis Olivera o simplemente, Lucho Olivera, como firmara tantos de sus trabajos gráficos, es por sobre todo, un narrador. Estamos rescatando muchas historietas escritas y dibujadas por él antes del éxito fulgurante de Nippur y de Gilgamesh, y otras cuantas de esos mismos años de oro. Asombra ver como empatan en calidad el texto y el dibujo en aquellas historietas, y como se eleva la categoría del ilustrador a la de Artista, en tantas portadas para revistas populares de editorial Columba, especialmente (aunque no excluyentemente).

Gilgamesh el inmortal nace de dos vías concretas de inspiración, a saber:

1) Su conocimiento profuso de la civilización Sumeria, y del poema de Gilgamesh, el más antiguo conocido de la humanidad arcaica, en particular.
2) Su total cohesión con la obra de Stanley Kubrik, el notable cineasta británico, padre de “la patrulla infernal”, “Espartaco” y especialmente “2001, Odisea del espacio”. Lucho siente al salir de ver esta película que ese es el camino ético y estético que este realizador le está marcando.
Por eso cuando “viste” a Gilgamesh con naves y ropas de astronautas similares a las del film, lo suyo es además de un homenaje, una prosecución en el papel de lo que lo atravesó espiritualmente desde la pantalla. Nada es igual para nadie luego de este filme, menos para el Artista Olivera, sensible y creyente en una mente Universal más poderosa que la de cada debilidad humana.
Pero Gilgamesh, el Inmortal, de Luis Olivera, en textos y dibujos, no es más que una evolución cultural de estas dos vertientes citadas. La cultura es eso: tomar una información o algo de un sitio pero dar a partir de eso una respuesta distinta y original. El poema primigenio le da basamento y sentido: buscar el no-morir, existir un poco más. El filme le da el contenido y el continente: los colores de los trajes, la tecnología y el pretexto. Que desde las cavernas hasta el 2001, el hombre es y será el mismo. Las mismas dudas, las mismas preguntas. Y la trascendencia: el astronauta aquél de la película que se ve en el final a si mismo mas anciano y luego como un nuevo ser creado, universal y cercano al Dios, encuentra en Gilgamesh (el de la historieta realizada aquí en el Sur del planeta, en Buenos Aires, por un artista de origen correntino) a su mejor continuador. Porque Lucho le agrega otro factor: el sentido de la muerte.
Cualquiera que lea esos Gilgamesh escritos y dibujados por Lucho en los años que van desde 1969 a 1974, los primeros y originales, verá que hay mucha mas profundidad y a la vez simpleza para narrarlo que en los posteriores episodios de Sergio Mulko en guiones (donde la idea de Dios en relación a los hombres da un giro y cambia 180 grados) y ni que hablar de los episodios más famosos, los que salieron recién en los años ochenta bajo la pluma dúctil y preciosa de Robin Wood. En ellos hay más aventura, por el ir y venir y la lucha del héroe, que Sentido de Trascendencia y de la muerte. El sentido de la muerte en los capítulos iniciales de Gilgameh por Lucho Olivera es claro: de nada vale ser inmortal si los que uno ama se mueren. Así de sencillo, hermoso y profundo. Gilgamesh carga con la inmortalidad como una condena, pero ante la menor posibilidad de perderla y no cumplir con su objetivo de ser guardián de la semilla humana que viaja por el espacio en la nave Prometeo en forma de 100 bebés hibernados, en ese instante, Gilgamesh desea vivir. Hasta el último momento se revela así su verdadera condición humana la que salta por sobre la máscara del héroe. Y cambia la pregunta inicial que se hacía Lucho: “¿por qué la gente ha de morir?” por la otra: “¿De qué sirve vivir para siempre si uno está solo, sin la gente que ama?. Notable, profundo, y gritado desde una historieta: como tal, popular, masiva, muchas veces mal impresa y muchas más veces mal leída.

Luis Olivera es el padre de Gilgamesh, eso está publicado, escrito y existen variados testimonios de ello. Pero también figura – y se lo conoce- como el primer dibujante de Nippur de Lagash, aunque algunos preferirían decir de Lucho que es en realidad el co-creador de la serie. Hemos escrito en varias oportunidades como si bien Robin escribe cientos de episodios, la característica humana de Nippur con ese aire a sufrido ser, sabio, melancólico y con algo de lejanía con los restantes mortales pareciera haber sido inspirado a Robin Wood directamente del trazo de Lucho. Este artista le da veracidad al héroe sumerio, carnadura humana, contradicción y sentido. Desde la musculatura, propia de alguien que camina años y años y es dado a ejercicios pero que no consume “anabólicos” (como los hipertrofiados superhéroes del Imperio Norteamericano). Desde esa naturalidad que los lectores han advertido en cientos de cartas durante años, hasta la mirada, el gesto, que Lucho le imprime y es el del desterrado o tal vez, el del que añora la vuelta a su tierra (Lucho-Nippur) entre las aguas de ambas Mesopotamias (argentina y la Asiática, la de Sumeria).
¿Pero es Lucho el verdadero “padre absoluto” de Nippur?
La prima de Lucho, Berta, precisa el dato. Pero es algo que es vox populi entre los allegados al gran maestro desaparecido el 11 de noviembre del año 2005: “Sí,-aclara- Luis empezó a pensar y escribir la historia del héroe, de este héroe sumerio, en la casa paterna, en la cocina la escribía, te digo más. La dirección: Hipólito Yrigoyen 1998, Corrientes (capital). Tendría Lucho por entonces unos diecisiete años, más o menos”. Y prosigue: “el papá de Lucho era militar, como ya saben, por eso ellos (se refiere a la familia Olivera en pleno) vivieron por varios lugares de la provincia, como Curuzú Cuatiá e incluso un tiempo en Mercedes, hasta instalarse acá en Buenos Aires. ¿Cómo lo recuerdo?¡Y cómo no lo voy a hacer, si cuando Lucho comienza a publicar seguido a Nippur de Lagash, todos veíamos esas historietas maravillosas! Y recordábamos el hecho. ¿Por qué no reclamó ni dijo nunca en voz alta esto, el mismo? Bueno, no lo se. Tal vez por su forma de ser, su carácter, fue siempre un Caballero".
Javier Rago y yo le contamos a Berta - le recordamos- que ya aparece la firma de Robin Wood en esos primeros capítulos. La familia en pleno alega que es inconcebible que existieran en ese momento dos personas a las que les interesara por igual el tema Sumeria y que supieran tanto. Y se juntaran para hacer esta historieta. Según ellos, Luis Olivera “ Lucho” para todos, era el erudito, el que se fijaba y estudiaba la forma, el peso y el material de las armas mesopotámicas, el tamaño de los cascos, etc. El “experto”, joven y talentoso habría sido el que hubo de pedirle a su joven amigo de entonces, Robin Wood, que hiciera un guión. Pero la cosa no habría quedado ahí, en el pedido, sino que –todo parece indicarlo por los testimonios-, Lucho le habría contado a Robin la trama de –al menos- dos de los primeros cinco capítulos en cuestión de Nippur de Lagash.

“Mire, Felipe- me dijo un día en tono confidencial el Gran Maestro argentino, Lucho Olivera- hay cosas que es mejor dejarlas así, dejarlas como están, no “levantar polvo”.
Esa frase del maestro podría tener -seguramente- otras lecturas, en su mente colosal. Había que dialogar una media hora con Lucho para saber lo gratísimo y a la vez difícil que era seguirle una conversación, por el grado de coherencia en su exposición (a veces mas un soliloquio que una charla conmigo) pero uno más tarde agradecía escucharle y ver como enhebraba el discurso y retomaba siempre el punto al que quería llegar, ante el mío, bastante más disperso.
Algunos llegaron a decir de Lucho Olivera que estaba loco. En realidad no lo estaba, pero algunos simplemente no lo entendían. No querían o no podían. Porque Lucho tenía una mente brillante, un conocimiento mucho mayor que la media de la gente y una forma de ser que lo hacía más parecido al genio metido en un laboratorio que a un simple pintor. Pero además de tener una mente brillante, matemática y científica, tenía también el costado del artista. Los dos hemisferios cerebrales hiper desarrollados. Hipersensible y respetuoso. Humilde hasta el extremo de rendir culto y pedir homenajes a muchos colegas antes que a él mismo. Y de callar a veces cosas que sabía, que prefería dejar en el olvido tal vez, sólo tal vez, por una amistad que había sido, hace mucho, pero mucho tiempo atrás. O por simple pudor y sencilla humildad.

Felipe Ricardo Avila.

Más sobre Lucho Olivera en:
http://www.rebrote.com.ar/
Transcribo ahora parte de una carta entre la hermana de Lucho y yo, con fecha 3 de marzo de 2006

"Querida Martha:
No quiero ponerte más triste, pero debo decirte que cada uno de nosotros lo recuerda con mucho afecto a Lucho y la admiración por su trabajo colosal (a la postre, lo que la mayoría conocerá por siempre de él) va creciendo. Nosotros hacemos lo posible, te lo aseguro, para difundir su obra vasta, inmensa. Como te prometí, siempre en algún número de Cine Portátil habrá al menos un dibujo o mención a Lucho. Porque los que la hacemos somos sus seguidores(hemos luchado siempre contra nuestras debilidades en el manejo del lápiz y la pluma queriendo mejorar y aprender para emular al maestro), sus admiradores (seguimos fascinados cada curva, cada pincelada, cada recoveco de sus ilustraciones), y sus discípulos (tratamos de contar buenas historias desde el texto o con la imagen, pero siempre con una mirada crítica sobre la sociedad, valorizando la dignidad del ser humano y también su grandeza, esa que sale de vencer sus temores y seguir adelante). La verdad, se lo extraña a Lucho. Y no sólo por la falta de publicaciones con sus trabajos, también en esa cosa cotidiana, en esa llamada telefónica que podía hacerme un domingo a la tardecita para comentarme algo que le interesaba visto en algún programa de cable, Discovery, por ejemplo. Su lucidez espantaba a algunos. A mi me espanta la mediocridad generalizada".

Próxima nota (05/12/11): Martha Barnes brillando en la realización gráfica de "Cuentos del Emir", con guiones de José Luis Arévalo, para la revista femenina "Intervalo", de Editorial Columba.

jueves, 24 de marzo de 2011

Definiendo la Historieta: un texto Inédito de Alejandro Dolina, escrito en la década del ochenta.

Aquí está el texto inédito definiendo a la Historieta:

"Emblemas, Jeroglíficos, figuras

Visión cuadrangular de los instantes

Con ellos va inventando el dibujante

Sus arduos garabatos de aventura.






El tiempo es espacial: tal es la oscura

Sucesión del demiurgo delirante

El pasado a la izquierda del cuadrante;

A la derecha está la acción futura






Caprichos de plumín y pinceleta

Geometría pueril que cuenta cuentos

Línea que se convierte en argumentos






A esta locura llaman historieta

Y a lo mejor no son cosas distintas

El alma, las ideas y la tinta."






Alejandro Dolina.

Cómo fue que lo escribió para mi. Allá por los años 1986/87 y mientras estudiaba Diseño Gráfico, me entretenía haciendo una historieta humorística que en el grupito de los mas cercanos compañeros de facultad tuvo una cierta aceptación. Cosas de estudiantes. El punto es que un día reuní la totalidad de un primer episodio de esta historieta que se llama "Los Muchachos del Barrio" - Ciencia Ficción barrial, por subtítulo. Unas 25 páginas apaisadas -como corresponde a la más arraigada y "sagrada" tradición de revistas humorísticas en el país- y me dije:¿qué hago? Decidimos en ese momento con mi amigo Horacio Batlle publicar un ejemplar con la historieta completa. Otro amigo, Andrés Valle, además de darme el contacto para que me realizaran las películas para la impresión se encargó de hacer la tapa: una bonita imagen de mis cosas cercanas de entonces: el tablero de dibujo, la tinta china, una taza de té, el lápiz negro HB, y la hoja, todo realizado por el virtuoso lápiz de Andrés. Y en la hoja, los personajes en el centro de la misma que se asomaban, como mirando al lector.Hasta las letras del título dibujó Andrés, un monstruo. Estaba casi lista la revista,entonces. Héctor Arrieta, otro amigo y además ex compañero del secundario, por entonces estudiante de periodismo, se ofreció para escribir una suerte de prólogo y una chica amiga de mi hermano ilustró ese texto, rescatando la imagen de un antiguo pergamino que mostraba el Paraíso perdido. EL tema tenía que ver con el final de la historieta, donde "los malos" eran mandados al exilio como castigo (un exilio berreta y cualunque, simplemente los subían a un taxi y los mandan para otro barrio). Por esos años yo iba cada tanto a la salida de la facultad a la radio a ver y escuchar a Alejandro Dolina, cerca de la medianoche. Lo admiraba por lo mismo que todo el mundo: esa capacidad de narrar, de contarnos cosas extrañas o difíciles (como puede ser un engorroso texto sobre mitología) y hacerlo fácil, accesible y hasta risueño.¡Cómo nos hemos reido con Dolina y Castelo al principio y con Dolina,Stronatti y todo el equipo suyo años después!. Recuerdo cuando Dolina hacía simplemente con su voz como que estaba transmitiendo una carrera de autos por radio desde una avioneta.Era genial, porque se entrecortaba a propósito y uno entendía menos de la la mitad de las cosas, parodiando lo que pasaba años atrás con algunas transmisiones deportivas. No debe haber nada más aburrido que una carrera de autos por radio y desde un avión con interferencias...Era muy gracioso. Como cuando transmitía "sombras chinescas" por radio y a pedido del oyente. Por ejemplo, te hacía la película "La máquina del tiempo" con Rod Taylor...lo recuerdo y me sonrío mientras escribo esto. Otra cosa que sucedía a menudo en el programa era que Dolina y su equipo hicieran como que transmitían un partido de futbol, pero no desde el estadio sino ¡¡¡¡¡jugado en ese momento en el mismo estudio de radio!!! Era muy gracioso estar ahí y ver las jugadas ficticias que relataban mientras en un reducido espacio de no mas de tres metros cuadrados alguien del equipo pateaba una pelota de cuero contra el piso o las paredes para simular el sonido del juego y las fricciones eran exageradas por el relator del partido,es decir, Alejandro Dolina. Uno de esos días al terminar me acerqué a charlar con Dolina (algo que él hace desde siempre con el público).Charlamos en pocos minutos un poco de todo: del peronismo de esos años, sobre Marechal y su influencia en el propio Dolina,etc. Al fin un día me animé y le pedí si me podía escribir un prólogo para una historieta que estaba haciendo. Me dijo que sí, con esa humildad y auténtica grandeza que tiene los grandes en serio. Le llevé una fotocopia de toda la historieta. A la semana siguiente vuelvo y me dice en cuanto me ve entrar: "Le traje algo que escribí, después del programa véame".

La alegría me dura hasta hoy: Dolina había escrito un soneto de su puño y letra en una prolija hoja y me decía que lo había hecho especialmente. ¡Qué honor!. Y parece que es así, que nunca antes lo publicó.

Luego pasó lo previsible,la situación del país se fue complicando, empeorando, y la impresión de la revista con la historieta "Los muchachos del barrio" se fue postergando.Tanto empeoró la cosa y fueron pasando los años, que llegamos a 1989 con la Hiperinflación y ahí archivé todo el proyecto. Ahora decido mostrarlo,aunque sea en parte,mas que nada porque tener un original de Dolina guardado no es bueno para nadie. Que se conozca y que se comparta, inclusive que se discuta con el texto definitorio sobre la historieta.Que se difunda el texto es -o será tal vez- muy bueno para nuestra Cultura Popular. Gracias Alejandro Dolina por este gesto y por todo tu Arte. Felipe R. Ávila

PRÓXIMA NOTA (27/03/2011): “Cursos de dibujo de la A.D.A. en el año 1979” / Segunda nota.

viernes, 1 de enero de 2010

La Historieta como vehículo de ideas (5): Ilustrando Lo Religioso

Martha Barnes y su hija en 1979, a pocos meses de comenzar a dibujar las historietas sobre la veneración a la Virgen María en el país.


"La Historieta como vehículo de Ideas" (5):
"Lo Religioso".
Esta nota por su carácter, también se enmarca en las siguientes secciones de este blog:
"Confesiones de invierno"(Nº 7)
"De puño y letra (Nº 5)


La historia nunca escrita de las publicaciones populares que en formato de historieta han hecho accesibles a millones de personas la información sobre la vida de Santos o hechos milagrosos, debería dedicarle un importante capítulo a la Editorial Novaro que en México solamente publicara cientos de títulos de su exitosa "Vidas Ejemplares", y de cada uno de esos títulos, miles y miles de ejemplares que llegaron a distribuirse por toda América y España inclusive.
Pero además de estas recordadas revistas existieron variados intentos de distintas iglesias evangélicas y sectas religiosas menores para trasladar –con mejor o peor resultado-la palabra de Dios al lenguaje de la historieta especialmente en los años setenta y ochenta, no siempre bajo el formato de revista, muchas veces como panfletos, volantes o ediciones cortas de folletos.
En Argentina, la Editorial Esquiú, publicó además de libros y revistas de difusión de lo religioso –una de ellas, el semanario Esquiú en formato tabloide, muy popular en los años sesenta y setenta, con informaciones generales además de religiosas), verdaderas revistas de historietas para competir literalmente con las ediciones que venían de México con el sello SEA, ERSA y más tarde Editorial Novaro. Más adelante hablaremos especialmente del sello de Esquiú llamado “A la Conquista del Mundo”, con aventuras en historieta (y gloriosas portadas de Alberto Breccia) que comenzara difundiendo adaptaciones de obras de carácter moralizante de la literatura y se convirtiera más tarde y por más de dos años en una fuente de trabajo y publicación de ficciones donde algunas veces la referencia a lo religioso se terminaba limitando a un diálogo entre los protagonistas del tipo: “lo hemos conseguido”,”Sí, todo gracias a la Voluntad de Dios”.
Dejando el terreno de la ficción y dentro de las revistas de historietas que nos cuentan historias de santos o hechos milagrosos, Esquiú convocó en los ochenta a la prestigiosa artista Marta Barnes (que ya firmaba “Martha” con “H”) y ella desarrolló una serie de historietas luego reunidas en dos volúmenes. En ambos se cuentan las distintas advocaciones de la Virgen María, la mamá de Jesús, por todo el territorio del país. Resulta muy interesante por el trabajo documental, por la capacidad para transmitir en forma amena una serie de ideas concretas sobre lo religioso y en particular sobre la religión católica en nuestro país con casos concretos de Fe, de perseverancia en un ideal y también del estrecho lazo o unión de la Iglesia con el primer ejército de la Patria, contados los casos de Belgrano y San Martín concretamente
(ver imágenes adjuntas).


Martha (o Marta) dibujó con su talento conocido: vital, ágil de trazo, fuerte, movilizador, contundente tanto en la construcción de rostros como de lugares (paisajes interiores y externos), ropas, detalles, etc. Martha es una artista que merece urgentemente un trabajo completo de reedición de las historietas que ella misma, tal vez, debiera elegir para que una nueva generación no la olvide y por supuesto la conozca. Por intermedio de Marcelo Piñeiro nos conectamos a Martha, quien gentilmente nos escribió unas línea sobre este trabajo suyo de las Advocaciones.

Dice de la palabra Advocación el diccionario, que se refiere en relación a una figura o personaje, al hallazgo de una imagen suya o a lugares vinculados a su presencia, que lo evocan. Cuando hablamos de las Advocaciones de María, nos referimos a las imágenes que hacen referencia y nos refieren su sustancia divina, imágenes terrenas, hechas por comunidades en distintas partes del mundo. Este trabajo reúne las visiones sobre la Virgen María en el territorio patrio.
Felipe R. Ávila
(Nota: Ofrecemos también aquí a continuación la historieta completa "Nuestra Señora de Luján, patrona de la Argentina, Uruguay y Paraguay").



























Mas abajo:
la retiración
de contratapa,
con el detalle
de las
características
del Santo
Rosario


"La Virgen María en la Argentina"
Artículo escrito por la artista Martha Barnes.

"Mi amigo Rafael Dente, quien era escritor, trabajaba en la Editorial Esquiú – Difusión, y me convocó para un proyecto de dicha editorial: plasmar en forma de historieta las distintas advocaciones de la Virgen María.
Realicé aquel interesante trabajo en los años 80. Hoy parece mentira pensar en una época sin computadora, sin Internet, sin un rápido acceso a cualquier tipo de material fotográfico, pero lo cierto es que en ese entonces, la información no abundaba y había que buscarla personalmente. Esta serie de historietas – fueron dos revistas en total – requería de rigor histórico.
Siempre me he empeñado en mostrar fielmente detalles culturales, geográficos, de época. Para ello, es imprescindible recopilar documentación y en este caso, fue bastante complicado. En la editorial me facilitaron el material con el que contaban, pero después debí realizar mi propio periplo.
Después de leer los guiones, determiné qué documentación necesitaba y empecé a ir de un lugar a otro buscando información. Junto a mi hija, que por entonces tenía siete años, subíamos al Fiat 1600 y recorríamos todas las iglesias de Capital y Gran Buenos Aires dedicadas a las distintas advocaciones. Cada estampita, cada postal, cada libro que me daban era atesorado por mí. Tal vez mi pedido de documentación los tomaba por sorpresa: necesitaba detalles de las imágenes, del manto, de la corona, de las distintas iglesias. En algunos casos había voluntad de colaborar, en otros, no tanta.
Y luego vino la etapa creativa propiamente dicha. Fueron largas semanas sentada frente a mi tablero de dibujo, imaginando las escenas y emocionándome con las historias que el guión contaba y que iban convirtiéndose en imágenes sobre el papel.
Al rememorar aquellos tiempos, puedo decir que fue un arduo, pero muy gratificante trabajo".

Martha Barnes,
Noviembre de 2009, especial para Rebrote.
Blog de Martha Barnes: http://marthabarnes.blogspot.com/.


A la izquierda, retiración de tapa con imagen (foto) de un sector de "La Piedad" de Miguel Ángel Buonarotti.Y texto introductor de los editores.
Portada y contratapa (arriba) del primer ejemplar.
Autor: No se indica.Guión de las historietas: Rafael Dente.Ilustraciones: Martha Barnes.Tirada del primer número: 50.000 ejemplares a todo color.


lunes, 19 de octubre de 2009

® De puño y letra: (2) Massaroli, Zirulnik,Tempesta


Esta sección "De Puño y letra" nos trae dibujos hechos especialmente para Rebrote por los artistas, pero bien podría ser esta pequeña nota un nuevo envío de esa otra sección del blog, llamada "Confesiones de Invierno", ya que lo que expresamos aquí es un recuerdo.Una evocación de un día magnífico, donde la idea prevalente fue la de reunirse para festejar esa alegría de la camaradería de la historieta y el dibujo, esa magia que desarrolla la imaginación.En otra nota - en breve - vamos a comentar a fondo ese día de la historieta, el último hasta ahora festejado y celebrado, donde estuvieron grandes como Carlos Casalla, Quique Alcatena, Osvaldo Viola("Oswal"), Armando Fernández, Marcelo Basile, Sergio Ibañez, José Massaroli,en fin, un verdadero "seleccionado" de la historieta y el humor nativo, ese día allí, estuvieron. El día que recuerda la aparición del primer "Hora Cero" que traía "Randall", "Ernie Pike" y sobre todo:"El Eternauta". El día de la historieta argentina, donde gracias a la gente de la comisión organizadora pude ser parte del evento presentando a los artistas seleccionados para recibir su premio.Debo destacar aquí un agradecimiento especial a Alejandra Márquez, que pensó que yo podía hacerlo.


Y al finalizar el evento del día de la Historieta nos fuimos a comer varios de nosotros con estos grandes artistas. José Massaroli, Natalio Zirulnik y Alejandro Tempesta. Natalio nos contó como creó las formas y fisonomía de "Pichichus", el simpático perrito de "Hijitus", para García Ferré. Y que luego fue modificado con el tiempo.Pero tuvo la gentileza de dibujar a Pichichus en su forma original, para Rebrote.

















De izquierda
a derecha: Marcelo Pulido, Javier Rago, Natalio Zirulnik, José Massaroli, Marcelo Bukavec, Alejandro Tempesta y Felipe Ávila.


Alejandro Tempesta nos regaló su autocaricatura (¡Está igual!) y varias anécdotas relacionadas con su larga trayectoria en el campo de la animación. En sucesivas notas de este blog voy a dar a conocer lo que Alejandro contó sobre cuando dibujó para Gil y Bertolini aquél pionero corto sobre El Eternauta.



También tengo casi listo para subir una mini biografia de Alejandro junto con links a sus actuales videos animados disponibles en Youtube. Y José nos regaló a su guapo Orquídeo Maidana, apoyado en un farol. Entrañable José, y su dibujo: con el personaje tan nuestro, tan rioplatense, y nos lo hizo en unos pocos segundos.
El bar,alimentaba el tema. Esa pizzería que nos reunía ese día, en la callecita Balcarce casi cuando se choca con el pasaje San Lorenzo, a metros de la curva que da a Independencia. Mucho tango en el ambiente. Mucho artista trasnochando esos empedrados y,afortunadamente para todos nosotros, con ánimo para dejarnos parte de su Arte, sintetizado en estos hermosos dibujos, de puño y letra.


Felipe R. Ávila




Fotografías: Javier Ignacio Rago